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Leonardo Kuperman

Invocación, Leonardo Kuperman

 
 

Leonardo Kuperman en Invocación: ¿terror demoníaco?

 
 

Portada de la novela Invocación de Leonardo Kuperman

 

En esta primera reseña para Bukus ha caído en nuestras manos Invocación, del argentino Leonardo Kuperman. Ésta no es la primera novela del autor, del que se puede leer más información (tanto personal como bibliográfica) en su propia web.

 

Invocación se desenvuelve entre dos mares: por un lado el terror de corte demoníaco y por otro el de la intriga política (ésta cargada de una enorme crítica contra el estamento gobernante). Pero de todo ello hablaremos más adelante. Antes de entrar en harina debemos aclarar que esta novela es autoeditada.
La autoedición, ahora tan frecuente y accesible, supone que el texto no ha pasado por la criba de un editor. Eso de por sí no tiene porqué suponer un problema para el lector: existen autores de suficiente calidad que no necesitan apenas supervisión para poder obtener productos literarios dignos. Pero son los menos. Por eso cuando nos planteamos realizar reseñas de libros autoeditados siempre intentamos bajar el listón de las expectativas y buscar los puntos positivos de la lectura. Al fin y al cabo una novela, en la mayor parte de los casos, conlleva numerosas horas de esfuerzo y más todavía de ilusión. Escribir un libro supone un reto que no todo el mundo se atreve a iniciar; y mucho menos a concluir. Pero aun así no vale todo a la hora de escribir novela. El juego literario tiene unas mínimas reglas que en caso de que el autor las incumpla supone el castigo de una reseña negativa.

Invocación de Leonardo Kuperman, encaja en ese tipo de libros fabricados sin alma alguna, saltándose las más básicas normas de forma (respecto al fondo no voy a decir todavía nada). Nos hallamos ante una novela descuidada que adolece de una seria revisión no sólo de estilo, sino sintáctica, ortográfica e incluso de trama. ¿Qué decir de una novela cuya la primera errata la encontramos justo en la primera página, en el mismísimo título de la obra y sobre el nombre del autor? Así es: pone ‘Invocaión’ en vez de ‘Invocación’. Si el autor no se ha fijado en eso ¿qué otras cosas no se le habrán escapado? Pero entremos a hablar más en detalle de esta Invocación.

 

Kuperman usa y abusa de un lenguaje llano, simple, sin el menor artificio. Ignoramos si debido a que lo busca de manera premeditada o sólo porque no sabe hacerlo de otra manera. Pero de por sí un lenguaje sencillo no tiene nada malo: el mismo Stephen King, maestro moderno por excelencia del terror, usa lenguaje de calle en sus novelas. Pero Kuperman no es King. Kuperman sucumbe en el mayor pecado en el que puede caer un escritor, incumplir una de las reglas básicas de la escritura: ‘mostrar, no contar’. A lo largo de la mayor parte de la extensión del libro Kuperman se limita a contarnos lo que ocurre, demostrando su incapacidad para las descripciones no literales (no vamos a pedir lirismo, pero sí un mínimo buen hacer). No nos muestra el qué y cómo ocurre, sólo que ocurre. Punto. El ejemplo más claro de esa torpeza lo hallamos cuando tiene que describir un lugar: se limita a enumerar las características o detalles de manera fría, aséptica. Debido a esa falta de saber hacer la lectura se vuelve anodina, aburrida, exasperante por momentos. El libro se convierte en un tour de force contra el impulso de dejarlo. Pero no sólo en esa básica cuestión de estilo Kuperman falla. A todo lo largo de la novela (e incluso en su propia web) nos encontramos con lo que hemos escogido llamar ‘el baile de las comas’: las comas parecen colocadas en un aparente caos, sin ton ni son. Si existe alguna razón lógica para su colocación se nos escapa. Los errores de puntuación se suceden de una manera casi impúdica, salpimentados por algunas faltas de ortografía (sobre todo letras que faltan y mayúsculas por minúsculas, y al revés). Para acabar de rematar la faena en lo relativo al estilo decir que existen contados párrafos de tipo ‘pedagógico’ en los que el autor parece pretender tomar el papel de un maestro tratando de enseñar al lector. Algo así ya (y sólo por recordar un sonado ejemplo) se le echó en cara a Pohl en El mundo al final del tiempo; y estamos hablando de uno de los maestros por excelencia en la ciencia ficción. Si al él no se le permitió algo así, a otros aún menos.

 

La obra se ambienta, si no nos equivocamos, en una Argentina actual. No lo dice de manera expresa, pero el lenguaje y vocabulario usados encajan con los hispanohablantes de ese país.
La trama parte de una campaña política para la presidencia del país: el protagonista, un hombre honrado y cercano al pueblo y que llega a la política desde el mundo de la novela, forma parte de la candidatura que tiene más posibilidades de ganar. Frente a él, en el partido opuesto, nos encontramos con los típicos políticos profesionales que ven cómo su corral se ve amenazado por un nuevo e impredecible gallo (impredecible en el sentido de que no se mueve por la mismas reglas de poder y ambición). La lucha de poder devendrá en una serie de acciones que supondrán el nodo principal de la novela.
    Así dicho parecería que la obra encaja en el concepto de thriller político. Nada más lejano a la realidad: a las pocas páginas de lectura entra en juego (a las claras y sin la menor intención por parte del autor de vestirlo de misterio o intriga, menos aún de ambientación o atmósfera) el satanismo y sus cultos. La novela nos presenta una visión terrible de la política argentina actual, en la que los políticos se mueven casi como mafiosos vinculados a grupos de poder. El honrado protagonista, de corte popular e izquierdista, se enfrenta a contrincantes cuyo interés dista mucho de mejorar la situación del país (en una llamativa escena, reunida la cúpula del partido de ‘los contrincantes’, uno de estos llega a calificar de idiotas a sus propios votantes). Ejercer la política supone adentrarse en una carrera donde sólo se busca medrar a cualquier precio, un juego de poder donde vale casi todo con tal de lograr el triunfo o mantener el cargo y en el que los bienintencionados sobran. El poder convertido en herramienta para lograr más poder, ignorando de manera consciente las necesidades del pueblo. Para alcanzar ese objetivo de megalómano todo vale, inclusive atacar al rival en su punto más débil (la familia) mediante artes tan poco ortodoxas como la brujería. Entre medias el elemento paranormal se desencadena escapándose de las manos al convocante. Para acabar de darle un toque colorista (si nos encontráramos en las primeras décadas del siglo pasado usaría el adjetivo pulp) a la novela, Leonardo Kuperman inserta algunas escenas de sexo más o menos explícito. Por desgracia, como sucede a lo largo de toda la novela, las escenas están insertadas y descritas con terrible torpeza. Además muchas de ellas están colocadas con calzador, aportando poco o nada a la trama dado que no vienen a cuento. Al contrario, algunas provocan cierta vergüenza ajena.
Salvando las distancias, muy lejanas, a veces la novela te hace pensar en películas famosas como La profecía, o en otras no tanto (por ejemplo Eyes Wide Shut). Por supuesto en esas películas existía algo que en Invocación no hay: atmósfera. La historia carece de alma. De nuevo debido a la incapacidad manifiesta del autor para mostrar lo que ocurre.

 

Los personajes están descritos con suma torpeza, convertidos en criaturas de puro cartón piedra. Tenemos un bueno muy idealista, con su mujer temerosa y tímida. Del otro lado los pérfidos malvados a los que sólo les mueve el poder y el dinero, y que para más inri entre ellos hay adoradores de Satán. Ninguno de ellos tiene trasfondo: si les pinchas no sangran. Por supuesto el despropósito parte de ese pecado que ya hemos dicho antes: el autor no muestra, sólo cuenta. Y a veces ni siquiera eso lo hace bien.

 

El narrador, más que narrador, hace las veces de locutor: retransmite lo que ocurre sin apenas florituras y desde la distancia. Como si contempláramos un partido. En algunas ocasiones parece envalentonarse y empieza a enumerar los elementos del entorno, como si de esa manera ya sirviera para situar al lector en un contexto. Si van al médico te describe la consulta y enumera el mobiliario, pero sin entrar en detalles visuales. Hay una mesa, pero no dice ni el color, ni el estilo ni nada que juegue con el componente visual de la literatura. Y eso que el autor ha escogido el rol de narrador omnisciente. A ese tipo de narrador se le permiten ciertas licencias que surgen de su omnisciencia; a través de esas licencias un escritor con criterio facilita al lector muchos más datos que los que pueden aportar otros narradores, logrando así profundizar en los distintos posibles niveles de la historia. Pero Kuperman tampoco resuelve bien este trabajo: ese tipo de narrador, quizá más que otros, requiere mostrar y no sólo contar.

 

El estilo usado, llano a más no poder, podrá resultar agradable a lectores poco exigentes, aquellos que busquen un tentempié literario sin pretensiones. Pero no intentemos encontrar en esta novela florituras efectistas ni despliegue de recursos estilísticos. Ni Barker, ni Lovecraft… ni King, ni Campbell. Lo que ocurre lo tendrás, tal cual.

 

En definitiva, nos hallamos ante un texto torpe y primerizo. Estilísticamente deja muchísimo que desear, sobre todo en lo relativo a la manera de narrar. El estilo plano y árido no invita a la lectura. Al contrario, más de una vez uno se siente tentado a saltarse párrafos o incluso páginas.
Al señor Kuperman le queda un largo camino por delante para poder considerarse escritor, al menos en los niveles de calidad que algunos exigimos. Por supuesto le recomendamos que no desista: ‘nadie nace sabido’, como se suele decir. Pero esta novela, así tal cual, debería difundirse de manera gratuita o a lo sumo mediante un sistema de donación. Pagar por algo semejante puede acabar volviéndose en contra del autor: un lector estafado deja de ser lector. Quizá para siempre.

 

 

 

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